La otra Palencia
Exposición histórico-cultural

La espada del comunero: el desenlace


"La espada del comunero", por Manuel Valcárcel, año 1.878:

Leyenda que se desarrolla en la ciudad de Palencia y en el pueblo de Fuentes de Valdepero a muy pocos kilómetros de la capital palentina. (El desenlace).


LA ESPADA DEL COMUNERO
LEYENDA HISTÓRICA
1520
JORNADA SEGUNDA
EL ASALTO
II

  Tampoco Don Luis durmió
por más que con vivo empeño
fuerzas al sueño pidió;
y en verdad,¿qué mayor sueño
que el que despierto le hirió?
¿Qué otro delirio pudiera
transtornarle los sentidos,
más, y de mejor manera,
que la imagen altanera
de aquella mujer, que unidos
mostraba encanto y baldón,
y de enojo y gracia llena
le rasgaba el corazón,
siendo por la astucia halcón,
y por el canto sirena?
¡Pobre don Luis de Aguilar;
él, que sediento de hallar
mundos de goce tal vez,
el amor de su niñez
decidió sacrificar!
¡Él que en los radiantes ojos
de aquella mujer impura
bebió febriles antojos,
sombras hallaba y abrojos
en vez de luna y hermosura!...
Al choque, luchó indignado,
espantole su traición,
gimió por haberla amado...
¡Pero aun no había apagado
la sed de su corazón!...
¡Aun la mágica belleza,
los encantos no vencidos
trastornaban su cabeza,

y luchaban con fiereza
su razón y sus sentidos;
  Y la torre al asaltar,
tal vez pensaba lograr
fuese de su saña fiera
víctima Andrés de Rivera,
y esclava, Doña Guiomar.

  Por fin el día rayó,
y apenas el sol las crines
de sus caballos mostró,
Don Luis la hueste formó
al toque de los clarines.
  Todos eran gente dura,
y su faz y su apostura
mostraba, al par de sus hechos,
que la mejor armadura
era el valor de sus pechos.
  En armas no eran iguales;
en trajes eran distintos;
en valor, todos rivales,
y de ello daban señales
sus trajes en sangre tintos.
  Sólo el lúgubre escuadrón,
que de clérigos formados
cerraba la procesión,
llevando el noble pendón
de Castilla enarbolado.
  Muestra allí uniformidad
hasta en las lanzas que empuña...
mas esto, a decir verdad,
cumplía a su dignidad
y a ser su jefe el de Acuña.
Luego que éste (el cual lucía
coraza sobre su sayo
y espada y casco ceñía)

montó sobre el fuerte bayo
que impaciente el suelo hería;
  Al son de los atabales
principio la marcha dio,
y a las dos horas cabales
ante las torres feudales
su tropa Acuña extendió.

  De horror y silencio llenas
villa y torre, parecían
tan desoladas, que apenas
los rayos del sol herían
una lanza en las almenas.
  Cierto era pues el aserto
de Don Luis, mas al rastrillo
llegó, por juzgarle abierto
y al punto viose cubierto
de soldados el castillo;
y una descarga infernal
hecha con ojo certero,
diezmó con furia letal
lo más bravo y principal
del escuadrón comunero.
-¡Vive Cristo! En la emboscada
dado habemos, el obispo
gritó con voz destemplada,
¡de imaginarlo me crispo!...
y otra descarga cerrada
su rona voz vino a ahogar,
haciéndole percibir
que iba a la derrota a dar,
pues ya empezaban a huir
los llamados a avanzar.
  Ciego entonces de coraje
al potro espuelas picó,
mas cogiéndole el rendaje
Don Luis exclamó
        -¡Yo os traje,
        quien debe morir soy yo!
          Quedad con vuestros lanceros,
        dadnos escalas, y os juro
        que, o no he de volver a veros,
        o pronto ese viejo muro
        será de los comuneros!
Dijo y blandiendo la espada,
y sin aguardar respuesta,
ase la enseña morada
de Castilla.
        ¡A la escalada!
grita con voz descompuesta,
y sube por sus valientes
seguido, del fuego insano
los rayos cruzando ardientes,
con la espada entre los dientes
y el estandarte en la mano.

  Bien pronto llegó a la almena
y en ella lo fue a clavar
con mano firme y serana;
mas una voz de sirena,
la voz de Doña Guiomar,
detuvo un punto su arrojo,
volviose, y la halló a su lado
con admiración y enojo,
ciñendo arnes de soldado
a trechos de sangre rojo.
-¿Qué te detiene, traidor,
le dijo; por qué no hieres
a la que ayer fue tu amor
mostrando que tu valor
sólo triunfa en las muejeres?
¡Sube, y al fin hallarás
un hombre, que en esta grey
mujeres son las demás;

sube, y aquí aprenderás
a ser leal a tu rey.
        -Tu voz, Guiomar, no me humilla;
        mujeres, o no, es lo cierto
        que la enseña de Castilla
        en la torre y en la villa
        clavaré, si no soy muerto.
        Con que aparta, o sin mirar
        tu condición de mujer
        te haré mis iras probar...
-¡Antes que tú a imaginar
llego yo, Don Luis, a hacer!
Dice y aplica la mecha
a su arcabuz de muralla,
Don Luis el pendón estrecha,
pero el arcabuz estalla
y abre en su seno honda brecha.
        -¡Muerto soy! clama doliente;
cae la enseña castellana,
rie Guiomar insolente...
¡Pero Don Luis de repente
vibra su hoja toledana!
Aséstala golpe fiero,
mas por la sangre cegado
no le resulta certero,
y queda el agudo acero
entre las piedra clavado.
  Y el de Aguilar ya inseguro
pierde pie,rueda deshecho
y grita al rodar:
        -¡Te juro
que más hondo que en el muro
lo hubiera hundido en tu pecho!

  Mal herido, si no muerto,
cayó al foso el desdichado

de polvo y sangre cubierto;
violo Acuña y
        -Bien por cierto,
        dijo,¡cumplió lo jurado!
        ¡Su muerte sabré vengar,
        mas en tanto, no cejemos,
        que el día no ha de acabar
        sin que nos apoderemos
        del castillo y del lugar!
  Y aunque el bando feminil
supo cumplir su deber
con entusiasmo febril,
eran ciento contra mil
y tuvieron que ceder.
  Y tú, lector, considera
el asombro singular
de la gente comunera,
cuando muerto Andrés Rivera
se entregó Doña Guiomar;
y vieron que el bando fiero
que tan varios pareceres
excitó al comunero,
lo formaban... ¡las mujeres
de Fuentes de Valdepero!


CONCLUSIÓN

  Pasó el tiempo y ¡cosa extraña!
desde aquel tremendo día,
apenas la luna baña
la torre que hendió la saña
de Don Luis en su agonía,
una sombra resbalando
con pie sigiloso y blando,
llega al muro, sube al monte,
y el acero señalando
se pierde en el horizonte:
y hay quien dice, que si va

alguien tras ella, y se lanza
a interrogarla
        -¡Aquí está,
        responde, de mi venganza
        el comienzo, y más allá,
        bien muestra su fin cumplido
        de Gauzón la inmensa tumba...
        seguid mi vuelo atrevido,
        y entre el lúgubre gemido
        del mar que a sus plantas zumba,
        oiréis que a la voz sonora
        de mi eterna maldición
        Don Luis clama, Guiomar llora,
        y yo gozo hora tras hora
        en su desesperación!

  Si alguien siguiendo el consejo
tal oyó, decir no sé;
pero a mí este cuento añejo
tal me mueve, que no dejo
de inquirir, y lo sabré.
  Y si en ley, y con razón,
eso propalan las gentes,
contaré la tradición
que une a la torre de Fuentes
al castillo de Gauzón.

                 MANUEL   VALCÁRCEL
                                         Año 1.878

 





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