La otra Palencia
Exposición histórico-cultural

Leyendas históricas

"La espada del comunero", por Manuel Valcárcel, año 1.878:

Leyenda que se desarrolla en la ciudad de Palencia y en el pueblo de Fuentes de Valdepero a muy pocos kilómetros de la capital palentina.




LA ESPADA DEL COMUNERO
LEYENDA HISTÓRICA
1520.
INTRODUCCIÓN.


  En Castilla hay un castillo
que aun se levanta soberbio
junto a la villa y el monte
de Fuentes de Valdepero.

Rotas están sus almenas,
zarzas brotan en los techos,
y sus carcomidas torres
nido prestan a los cuervos.
Nada ya de su grandeza
le resta, más si el viajero
en los altos torreones
fija la vista un momento,
por bajo la barbacana
del que al este, casi enteros
alza sus muros sombríos,
hallará, de asombro lleno,
que hasta la mitad metida
de las piedras en el hueco,
una espada al sol refleja
y vibra al rugir del viento.
¿Quién pudo con tanto brío
blandir el agudo acero
que quedó en el muro hincado,
y no en su diestra deshecho?
¿Quién provocó tales iras?
¿Por qué azar, desde qué tiempo
esa espada, del castillo
se halla unida a los recuerdos,
como si la torre fuera
agigantado esqueleto
que el puñal que le dio muerte
conserva hundido en el pecho?
¿Por qué si a los aldeanos

se pregunta, con ruin miedo
de maleficios os hablan,
y aseguran que aquel hierro
fue por Satanás fundido,
pues ni lo carcome el tiempo,
ni las piedras que le arrojan
lograron jamás romperlo?
¿Por qué afirman que en la almena,
allá en las noches de invierno,
dos sombras sin tregua luchan
tristes ayes dando al viento?
Lector: si tales consejas
no admites, pero discreto
juzgas que no son tan falsas
que no se funden en hechos,
oye lo que sobre el caso
refieren autores serios,
y cree que yo te digo
la verdad, ni más ni menos.

 

 
JORNADA PRIMERA.
LA CITA
I.

  Silenciosa está la noche,
compacta y húmeda niebla
envuelve los viejos muros
de la ciudad de Palencia;
frío y sutil sopla el viento,
mas sin que su soplo pueda
rasgar los velos tupidos
que hacen la noche más negra.
¿Quién será, pues, el osado
que cruza sus callejuelas
sin luz que sus pasos guíe
ni acero que le defienda?
¿Quién será el que por la plaza
de la catedral pasea,
y ya se para en el pórtico,

ya lentamente da vuelta
y al pie del sagrado nicho
que a tantos siglos sustenta
de la purísima Virgen
la imagen tallada en piedra,
torna a pararse, mirando
con anhelante insistencia
del palacio de las Conchas
la antigua y ruinosa puerta?
Un farol que ante la imagen
arde mal, y alumbra apenas,
permite ver que es un mozo
de altiva faz, barba negra,
noble apostura, y que viste
con lujo, según revelan
el joyel con que la pluma
prende en su gorra flamenca,
la capa de fino paño
de Astudillo, y las estrechas
botas de gamuza, donde
calza doradas espuelas.
Mucho sin duda al mancebo
debe importar quien le espera,
pues suspira contrariado
y de vivo afán da muestras;
mucho acaso preocupa
su atención la cita aquella,
pues aunque va desarmado,
y así su arrojo demuestra,
no escucha los pasos firmes
de una sombra que a él se acerca
tomando el farol por guía,
y cuando a su lado llega,
una mano descarnada
posa en su espalda resuelta,
al mismo tiempo que dice

con voz sigilosa y hueca:
-Don Luis de Aguilar…
        -¿Quién eres?
Pregunta el mancebo apenas
sobresaltado.
- Mi nombre
no te es conocido, y fuera
que te lo dijese en vano.
Soy una mujer que atenta
sigue tus pasos, que viene
a quejarse de una ofensa,
y que ante la imagen pura
de la que por todos vela,
va a exigirte un juramento.
        -Y para tal exigencia,
        ¿Quién os da poder?
-Yo misma.
        -Echad enigmas afuera
        y acabad, que breve espacio
        puedo atenderos.
-No temas;
aun no es media noche, el tiempo
quiere acortar tu impaciencia,
pero hasta que den las doce
Doña Guiomar no te espera.
        -¿Sabéis, pues?...
-Sé que has venido
de  Monzón suelta la rienda
de tu corcel, que hace días
te da citas en sus rejas
la odiosa mujer que habita
ese palacio, que sueñas
con su amor, que hoy te ha ofrecido
dejarte franca la puerta,
que por condición te ha puesto
que sin espada vinieras,
y que a su ruego has cedido
y a su discreción te entregas.
        -Muy enterada te advierto
        del riesgo, mas considera
        que si vengo sin espada
        es que a amor le bastan flechas,
        y como ya en nuestros pechos
        déjolas clavadas, fuera
        necedad que acuda armado
        quien ya no tiene defensa.
-Siempre orgulloso , respondes
con una frase bien hecha
para hacer ver que el peligro
ni aun pensando te amedrenta:
tu corazón es de hierro,
bien lo sé, mas considera
que la traición es mosquete
que el mismo hierro atraviesa.
        -¿Y a ti, qué te importa?
-¡Hidalgo,
en la herida que me quema
has puesto el dedo! Me importa
porque debes darme cuenta
de una injuria, y si te matan
no hay ya quien lavarla pueda.
Me importa porque de madre
he servido a la que dejas
llorando tu olvido…
        -¡Anciana!...
-Tu acción es bien que te ofenda,
no mis palabras: juraste
eterno cariño a Menga,
y la sencilla aldeana
fiada por tus promesas
alma y vida supo darte…
dime tú ¿qué has hecho de ellas?
Cierto día, día aciago,
con las huestes comuneras

te viniste, acompañanado
al obispo Acuña; en esta
catedral con él entraste,
y al tiempo de entrar en ella,
una hermosísima dama
bajaba de una litera
asombros causando al mundo
y a la luz del sol afrenta.
Desde entonces ciego y loco
sigues con ansia sus huellas;
tu antiguo amor santo y puro
olvidastes y desdeñas,
y Menga, la pobre niña
que en ti amó por vez primera,
llora su fe despreciada
y al viento lanza sus quejas.
        -Anciana, el tiempo transcurre,
        estar sólo me interesa,
        y me cansan tus reproches
        tanto como tu presencia.
        Ni yo a Menga di palabra
        ni puede acusarme Menga;
        venciéronme sus hechizos,
        atrájome su pureza,
        y rendido ante sus plantas
        esposa mía la hiciera,
        si su condición humilde
        no agraviase a mi nobleza.
        Ella por sobrado niña
        soñó, y quien delirios sueña
        al fin halla que…
-No sigas,
y ya que de su inocencia
no tengas lástima, al menos
respétala y no la ofendas.
Tú la juraste…
        -Yo nada.
-Quien por defenderse niega
es un miserable.
        -¡Anciana!...
-Escucha: las doce suenan;
esta es la hora señalada,
hora que de hoy más tu mengua
ha de marcar…
        -¡Imposible!
-¿Tienes intención resuelta
de entrar en ese palacio?
        -Sí.
-Pues sabe que te esperan
para hacerte preso, sabe
que el fiero Andrés de Rivera
es favorecido amante
de doña Guiomar, que intentan
lograr que el obispo Acuña
hagas traición, y que…
        -Cesa
         y déjame ya.
-¿Me juras
 ser el esposo de Menga?...
        -¡No!
-¡Pues permita la Virgen
que tu sino se oscurezca,
que doña Guiomar te engañe,
que en las batallas te venzan,
que sufra tu honor mancilla,
y que de tal modo mueras,
que sea tu muerte causa
de tu perdición eterna!
Dijo la anciana, el mancebo
desdeñoso la cabeza
tornó, y siguiendo el reflejo
de una luz que en la ancha puerta
del palacio de las Conchas
brillaba con llama incierta,

dejó a la anciana de hinojos
ante la imagen excelsa,
y hundiose firme y resuelto
en los pliegues de la niebla.

                   MANUEL  VALCÁRCEL      .

                                                          Año 1.878.         






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