La otra Palencia
Exposición histórico-cultural

La espada del comunero: tercera parte


"La espada del comunero", por Manuel Valcárcel, año 1.878:

Leyenda que se desarrolla en la ciudad de Palencia y en el pueblo de Fuentes de Valdepero a muy pocos kilómetros de la capital palentina. (Tercera parte).


LA ESPADA DEL COMUNERO
LEYENDA HISTÓRICA
1520
JORNADA SEGUNDA.
EL ASALTO
I


  A buen tiempo el buen obispo
movió su gente, a buen tiempo
al palacio de las Conchas
sus pasos se dirigieron,
porque sin aquel socorro
deparado por el cielo,
don Luis de Aguilar hubiera
sido por Rivera muerto.
¿Mas cómo de aquella cita
el cauteloso misterio
pudo saber el de Acuña
para acorrerle tan presto?
¿Cómo si en Monzón creía
a Don Luis, acudió al riesgo,
y de viles asechanzas
pudo librarle? Dejemos
con él los vencidos muros
de aquel caserón soberbio,
donde al volver a internarse
no pudo hallar a sus dueños,
y a la par suya, marchando
con sus bravos compañeros,
cuyas antorchas apenas
rasgan de la noche el velo,
al palacio de Don Sancho,
donde el jefe comunero
con impaciencia le aguarda,
los pasos enderecemos.

  Hallábase el buen obispo
en una silla de cuero
sentado; sobre una mesa,

donde su brazo derecho
apoyaba, se veían
plumas, papel y tintero,
y la luz amarillenta
de un velón de tres mecheros
daba a su pálido rostro
triste y funeral aspecto.
Poco halagüeñas ideas
debían por el cerebro
cruzar de aquel hombre extraño
a media monje y guerrero,
porque con faz demudada
e impacientes movimientos,
al par que un pliego leía
trozos arrancaba al pliego.
Iban sus iras llegando
al colmo, cuando se oyeron
pasos y voces confusas;
al oírlas de su asiento
levantose, y estrechando
el papel entre sus dedos,
fuese hacia la puerta, y dijo:
-¡Mis bravos son, ya era tiempo!
A salir se disponía,
cuando un hombre, también medio
soldado, medio canónigo,
abriola, y con rudo acento:
-Ya están aquí, señor, dijo.
        -¿Y con Luis?
-También.
        -¿Le han preso?
-No.
        -¡Mil rayos! ¿Y mis órdenes?
-Dicen que él abrió a los nuestros
las puertas de la guarida.       
        -¿Mas han cogido a sus dueños?

-No han podido hallarlos.
        -¡Cómo!
        ¿Y al traidor que por tal medio
        protege su fuga?... Lope,
        que traigan aquí al momento
a Don Luis.
Salió el llamado
Lope Cabral, y colérico
sentose Acuña: bien poco
aguardó, pues con estruendo
se abrió en breve la ancha puerta,
y en sus umbrales sereno
Don Luis de Aguilar mostrose.
Mirole con torvo ceño
el obispo, asió convulso
el casi rasgado pliego,
y adelantándose al mozo:
-Mirad, le dijo, a qué extremo
os llevan vuestras pasiones.
Tomó el escrito el mancebo,
contrajéronse sus músculos,
más rápido devolviéndolo:
        -Lo que se afirma en anónimos,
        señor, dijo, no lo leo.
-Yo sí, porque los anónimos,
repuso Acuña, si miedo
en quien los escribe acusan,
no en falso afirman por eso.
        -¿Juzgáis pues?...
-¿No habéis dejado
a Monzón en grave riesgo
por acudir a una cita?
        -En el alférez Ruíz tengo
        confianza.
-En Dios tan sólo
debe tenerse.
        Bien, pero…
-¡Señor don Luis de Aguilar,
dejado habéis vuestro puesto
para correr a los brazos
de una mujer, que odio eterno
ha jurado a vuestra causa!
        -Lo ignoraba.
-¡Vive el cielo!
¿Tan loco con sus encantos
doña Guiomar os ha vuelto
que no conocéis sus dichos,
ni han llegado a vos sus hechos?
¿Ignoráis que es la manceba
de ese alcaide del infierno,
que no ha querido entregarnos
a Fuentes de Valdepero?
¿No entendisteis que es morisca,
y que a los cristianos viejos
odia de muerte, y se goza
en sembrar el odio en ellos?
¡Pues por la cruz de mi espada,
o de mi mitra, que en esto
si de traidor no dais muestras,
dais señales de ser necio.
        -Aunque lo segundo es triste,
        es verdad, y lo confieso;
        necio fui, mas por mi nombre
        os juro, señor, que empeño
        tengo en vengar sus perfidias.
-Probarlo pudisteis, presos
trayéndolos esta noche.
        -Cuando acudí con los nuestros,
        cual si se hubiera hundido
         en la tierra, no hubo medio
        de hallarlos.
-¡Bajo la tierra
buscarlos debisteis!
        -Cierto,
     
   pero es difícil tal viaje
        sin saber el derrotero.
-¿Os burláis?
        -¡No, por mi vida!
-En suma, Don Luis, lo hechos
os acusan.
        -Si yo fuera
        traidor, a vos y al ejército
        vendido hubiera esta noche.
-¿Tal vez os lo habrá propuesto
Guiomar?
        -Sí.
-¿Y habéis sabido
resistir?
        -Sí.
-¿Y era el premio?...
        -Figuráoslo…
-¿Cuántos años tenéis?
        Veintitrés y medio.
-A esa edad es ruda prueba…
¿Pero es cierto?
        -De que es cierto
        podéis tenerla, atacando
        a Fuentes mañana.
-Temo la obstinada
resistencia de Rivera.
        -¿Y si os advierto
         de que se encuentra el castillo
         sin guarnición?
-¡Por San Diego!
¿Será verdad?
        -Ella misma
        Me lo ha dicho sin quererlo.
-¡Entonces mañana a Fuentes!
        -Un favor os pido.
-Atento escucho.
      
  -Que del asalto me encarguéis.
-Os lo concedo;
mas tened en cuenta…
        -¿Qué?
-Que con mi escuadrón de clérigos
formaré la retaguardia,
y al indicio más pequeño
de traición, con vuestra vida
me pagaréis.
        -Os lo acepto.
-Pues disponed a las tropas.
        -¡Así haré, y con tal empeño,
        que será mío el castillo
        o en sus fosos caeré muerto.
Salió Don Luis, el obispo
volvió a su silla de cuero,
cogió la pluma, y el día
aun le sorprendió escribiendo.

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MANUEL  VALCÁRCEL
                       
                                    Año 1.878

                                            





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